Lo percibido es lo que la normatividad autoriza percibir

La genderización es una renderización normativizante.

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Colibrí cohibida

Luna llena sin paciencia. Noche lactante que asoma en abrazo. Una luz al final del túnel, un policía cayendo en suspensión, abandonado en sí, en su lámpara de Aladino, sufre síndrome de Estocolmo. Le convidamos de la que ya no usábamos, esa toalla que nunca se tira, nunca afloja y en estertor centrífugo, seca cada vez más. La vejez a la vieja usanza, la vejez del blues por lo barrial, insospechado.

Gritos turgentes afilados como dagas, de frío exquisito, que ansían carne. Un matadero ahí nomás, colmado, siempre desbordante. Un motor al ras de su sorpresa. La invitación evidente a confesar. Un delito desterrado, hereje con su fe de clavel del aire, sofocado por el brillo de la alameda cansina que reposa en desierto.

La noche ascendiendo y los aullidos del Nirvana resurrecto, decimos adiós a los bellos durmientes de un ferrocarril caprichoso que revienta bombas de sangre en cada laberinto.

Todos tus muertos

Las gaviotas nos esperaban en la terraza. También la motosierra del anfitrión. Entre Frankenstein y un caníbal mediocre, resistíamos con jugos de fruta. Llegó con un pisco o alcohol etílico para saludar. Nos dijo que estábamos muy pálidos, “mucha gente india con cabeza blanca”. Nos bronceamos entre mar y bar. Nos curtimos ante esa tremebunda piedad que nos hacía sentir un poco más agraciados en una usina de pobreza. Fuimos todos los mismos, lo mismo. Presos, nuestro rencor nos vejaba.

Cometíamos incesto, o corríamos contra el tráfico, escabiábamos al sol, pasara lo que pasara, fuera lo fuera: “Próxima Estación, Esperanza”. Los pibes del barrio encallaban en Retiro para hacer petisos por un sachet de leche. “Sólo se trata de (sobre)vivir, ésa es la historia”.

A los siameses les tiraron la Misa Criolla por la zabeca, el reggaetón estaba en ascuas. Sin rescate, se largaron al Triángulo de las Bermudas y salieron con shorts, embarazados ambos. Parieron mellizos. Asqueados de la perpetuidad que suele parecer muerte, se morfaron los pendejos y quedaron indigestos. Algún guacho escapó gateando, rateando, perreando. Cualquier cosa digna, menos la forma humana de moverse cuando nunca hay madurez.

Nerón les dio una mano, pero Ronald McDonald adulteró forros y anticonceptivas. Es que necesitaba niños para ser quien era. ¿Cómo podrías llegar a ser quien llegarías a ser, siendo lo que sos? Trump lo apoyó, Guantánamo se volvió un jardín de infantes: regalaban cubitos congelados del cuerpo de Disney; como si fueran escombros del Muro de Berlín. Siempre inagotables, como las reliquias de la cruz de Cristo.

Empachada de hostias, buscó a todos los enunciados en wiki. Bajaba con la ruedita del mouse como un ratón hastiado de su ruedita-red-antisocial. Bajaba con la intrepidez sesgada, con el instinto dopado, con el raciocinio lobotomizado. Quien la observaba, veía de vez en cuando una sonrisita alienada. La espalda cada vez más encorvada, la meada retenida, la birra durmiendo siesta y lo patético rodando su mejor peli.

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En un plagio de Studio 54 se contagió la lepra de Woody Allen. Sus carnes podridas eran abundantes y alimentaron carroñeros. Con el cuerpo a medias, mediatizado (porque se sacó y rellenó a su manera, a la manera que le hacían creer que era “su” manera) fue a la India a sortear el hambre ajeno. Cuando murió sin fama, revolearon su cadáver al Ganges. El agua mostrenca terminó con toda historieta posmo. Raíces de la música que son un cáncer terminal.

Viejas nimiedades de Hadrones

Los huevos que trae el vago en la pila de maples que yo reventaría y dejaría pudrir, no están tan podridos como ustedes, como nos. Mientras me debatía entre patear una heladera llena de la cerveza con que disfrutaría un coma alcohólico, la vieja vinagre compra un limpiador Poett tamaño bolsillo. Con esa nimiedad va a limpiar un ñoba de dos metros cuadrados. Si me importara donde vive, le pediría el inodoro luego de varios laxantes, para decirle que me confundí y cagué en el bidet. Ah, pero como adquirió cuarenta y cinco gramos de queso de rallar, le puedo pedir un convite de un par de nanogramos, seguro, la tipa tiene el Gran Colisionador de Hadrones en su casa.

La intuición no me falla, me la encontré más tarde, en mi nueva ronda de escabeche, comprando alcohol isopropílico.

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Exageré, como siempre cuando me gana la barriada de la furia. En alcohol era para el viejo. Lo estaban por pirar al loquero. O al geriátrico. El jonca se demoraba indefinidamente, los del moridero quedaron desempleados y no tenían pa’l bondi. El abuelo, ése que hasta ahora, no era un fiambre olvidable porque tenía jubilación, fue por el etílico y el metílico, él solito. “Tengo que limpiar la vitrina que vamos a vender, señora. ¿Me hace un descuento, si es tan amable?”. Agotó todas sus reservas, las económicas, las orgánicas, las afectivas. Pero se hartó de esperanza.

Con el isopropílico limpió las notebooks saturadas de bichos porno de los pendejos. Da igual que fuera hard(core) o software. Las dejó como recién salidas de la barbería. Con el etílico quedó mirando en cuatro. Con el metílico, rajó a la cuarta dimensión.

Y creyó la humanidad que heredaría nuevamente, cuando el Gran Colisionador estalló. Zafaron las cucarachas, Trump y su pareja Kim Jong-Un.

Terrícola no era yo, lo miré con mis binoculares de voyeur. Qué pena no haber podido hacer un brindis con el viejo, rascándome los huevos podridos.

 

 

(Foto: Sergio Larrain).

 

 

 

Joy Division*

Las chicas del Joy Division tenían el hambre a cuestas, pero igual les funcionaban los orificios. Las tenían al desnudo, si ni en balas gastaban. El gas era más barato, sino, preguntá por el GNC. Entre risotadas borrachas, los caporales del Campo las usaban como vasos descartables que no se desechan al primer uso. Las lavaban con hidrantes que no resistían como agua, en el aire se volvía hielo.

Entre estalactitas y estalagmitas, un chusma husmeaba arte ancestral, mientras los tataranietos de esos ancestros del extremo sur, caían bajo terratenientes del Norte.

(sur no tiene -letra- capital, pero Norte, siempre es “la Capital).

Más al sur, más, donde el culo del mundo sufre su colon irritable, están los pendejitos estaqueados. Es que comieron las migajas de los jefes y a algunos se les congelaron los huevos. Pero los héroes son los generales que regalan su dignidad a los foráneos ¿forasteros?

“Si quieren venir, que vengan”. Vinieron. Devastaron. No bombardearon Buenos Aires, Charly. Qué pena.

Hoy también vienen. Y hasta te meten el verso new age del cese de las fronteras. Ya se predica una sola, la que quede luego de la nueva devastación. Por ahora tenemos Amxs o Esclavxs. Ni Trump, ni Kim Jong (son amigos). Amxs o Esclavxs.
JOY DIVISION SG. 1

Todxs vamos a ser las chicas de Joy Division, narcotizadxs por el Cuarto Poder. Goebbels tenía (la única) razón.

Sincerémonos, ya lo somos, no estamos ni en Auschwitz ni en La Perla. El Campo de Concentración es todo el campo visual. Están los cuerpos helados del sur, están las Letras Capitales con que se justifican. La tierra infinita finiquitada por el dueño.

Algún/a ciegx puede albergar esperanza. Algunxs se arrancarán los ojos. Otrxs seguirán siendo de Joy Division, con una cuota de asqueante inmortalidad y sin música, ni Ian Curtis diciéndote cuanta ignominia podés bancar.

 

 

 

 

*Además de haber sido una magnífica banda, “Joy Division” se les llamaba a los grupos de mujeres que padecían (más) vejaciones en los campos de concentración nazis.

Molotov hasta la victoria siempre

El tipo fue a la peluquería (era más barbería carcelaria que otra cosa). Quedó rapado, luego de contradictorias indecisiones. Cuando salió, el sol pegaba fuerte, aunque las nubes trataban de suavizar lo incendiario del espanto. El sudor lo estimuló, el sudor apagó las llamas con que la imaginación lo envenenaba. El sudor era la esperanza del féretro o de un verano crematorio natural.

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Era alcohólico, botellas no le faltaban. Temblando, preparó unas veinte molotov. Ser contrasistema, anti, es reventar, reventarse. No tenía perfil en ninguna red antisocial. Sólo se metía en foros de terrorismo islámico. El ISIS no lo aceptó, ellos son el Ku Klux Klan reencarnado. Tampoco le dieron pase en Al-Quaeda, la amistad con El Pentágono era indisimulable. Ni el EI, también cercano a Trump, tanto como Kin Jong-Un.

Él sabía que seguir inerte era claudicar. Fue solo hasta la Casa de Gobierno, llevaba las molotov en un bolso y otros inventos caseros de dinamita, bajo un campera gorda, mientras sudaba y sudaba, dejado su rastros a lo Hansel y Gretel, pero de revolución (¿o reacción?).

La yuta que merqueaba más que proteger el “orden, la seguridad y las buenas costumbres”, detectó la rareza de un tipo con campera enfrentando cuarenta grados. Lo detuvieron, lo metieron en cana. Le pusieron chaleco antibalas y un casquito. Cayó TN, Crónica y demás medios para notificar lo insustancial. Lo despojaron de toda lo que justificaba su persona: sus armas explosivas.

En la preventiva lo agarraron de señorita, con la complicidad de los penitenciarios. Lo dejaron unos días internado en el hospital de la tumba y lo volvieron a soltar-encerrar. El extraño se impuso. Explicó que quería reventar la Casa de Gobierno. Le ofrecieron ortos ajenos. Él se negó rotundamente. Le ofrecieron merca, faso, escabio y cartoncitos de LSD. Él volvió a negarse con palabras de kevlar.

El respeto los hizo arrodillar, mientras él les ordenó levantarse. Los penitenciarios se rieron y le tiraron un petardo entre las piernas. Él alcanzó a patearlo al fondo del recinto. Cuando explotó, dejó a la vista un túnel en preparación.

Desde entonces, el respeto fue mutando hacia la admiración y finalmente, a la convicción. Había que volar la Casa de Gobierno.

Lo acordaron los muchachos de todos los pabellones, así como los cobanis. Era otoño cuando fueron. Unos días atrás, se había anunciado el cese de las paritarias y una quita del trece por ciento en todos los salarios. Los cobanis empezaron con los FAL, los tumbas, con las molotov. El presidente no era Allende. Escapó por un túnel secreto, como el que hacían los tumberos en la cárcel, (la que siempre mereció). Pero la Casa de Gobierno fue un castillo de naipes playero. Quizá se transportó a una dimensión donde la maldad es nula.

La retirada empezó inmediatamente. Tan rápido que los misiles de los marines erraron varios objetivos. Pero uno cayó en la tumba. Al fin los presidiarios y los guardiacárceles eran libres, en el fin. Porque cayeron tantas bombas que todo se volvió inenarrable. Las molotov habían matado para que cesara la mortandad, los misiles gringos sólo exterminaron. Cundieron las pastillas de cianuro. Y el desierto espera lucirse, luego de tanta fiesta calórica, que aniquiló hechos, cosas, entes, climas; pero mayormente: ideas. Ninguna molotov logró ya algo más que romanticismo.

Contabilidad de la Niña de los ojos

Tengo los ojos en blanco porque me afanaron las córneas, las pupilas, el humor vítreo (el humor tenebroso). La niña de mis ojos ya creció y nadie puede hacerse el pedófilo distraído. Igual lo cago a trompadas. Aunque la niña de mis ojos esté más allá de los cincuenta. Números, eso estuve haciendo, con un palito en la arena, esquivando la chipica. Escuché a Kraftwerk para pasar, repasar.

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No llevo balance de lo que perdí, tampoco de lo que gané. Fue inútil todo este pasaje (lo sigue siendo) pero alguien le encontrará un sentido. Me conformo, ya no soy el punkie rebelde que cuidaba a la niña de sus ojos. Hoy serví para trasplante, hoy serví para injerto. Mañana me desechan. Pero el mar siempre es generoso.