La camiseta de Román

Los wachis patean la pelota, el calor del otoño les patea los genitales más que los anhelos contradictorios de autoridad que nunca fue autor. “Se va a caer”, una piba con el pañuelo verde. Creo que grita, susurrando, “imaginame siendo madre”. La pelota se cae y la ataja otra, otro: no importa, si son pibxs, perrxs o qué o quién. Alguien ataja la pelota, alguien se hace cargo de la esfera, aunque sea un terraplanista, alguien responde, pero las preguntas solo hacen eco, las preguntas se sortean, nunca se atajan y las afirmaciones, indudablemente, transmutan en preguntas. La otredad existe porque caminás rápido; la piba o el pibe, o el perro o la paloma, con la camiseta de Román, se cae. Es que la gravedad no pide permiso. La piba embarazada debe responder por su preñez, por el fruto de su vientre otrora virgen. La virginidad debe ser vengada. La yuta toma de un brazo a la nena, que es morochita. La cobani que se encarga de vigilar a “benditatúeresentretodaslasmujeresybenditoeselfrutodetuvientrejesús” ansía ser tan rubia como Santa Evita, a la que odia porque envidia. “Es que no podés jugar al fútbol porque vas a abortar”, “el bebé va a morir”. Tenés que responder por tus acciones y omisiones. Tenés que dar respuestas, aunque ni el cuerpo (o la superficie) las dé, aunque te atosiguen (como a Estelita Martínez) con indagatorias. Aunque veas lo inaudito, lo invisible, lo violentamente inefable, la paradoja envuelta en cinismo, la inocencia podrida de la ironía y la maledicencia de la honestidad que te prenden fuego a escondidas. Tenés que responder con lo que esperan que digás. Tenés que, primero hablar, luego responder, “de lo que no se puede hablar, hay que callar”, porque “violencia es mentir”, éste, el suelo, es un territorio violento, un campo minado de testigos muertos, de eyaculaciones egoicas frente a otros yoes, de guerras defensivas para salvaguardar el constructo, de muros fronterizos para contentar a La Verdad. Mientras, la camiseta sudada de Román patea un tiro libre, libre al fin de cuerpo abajo, la camiseta de Román ondea, es un fotón o una bandera, es porque dejó de ser una determinación, un determinismo. Es, la yuta (que) interroga a la nena embarazada, en la Unidad Básica prenden un fuego con parquet, la luna llora porque tiene luz prestada, se cae la pelota, se triza el revoque, las máscaras vuelan y las personas vuelven a ser personajes. Alguien filma toda esta desnudez. Por favor, que nadie la vista. Por favor, que la hoja de parra se seque, la vid se vuelva vinagre y nuestras juventudes hitlerianas que golean, descansen en la senectud olvidada y deforme. Que la deconstrucción sea la mártir de toda verdad. Amén.

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Minimalismo

La piba. Abrir la puerta. El pibe con el chupete. Digitar 911. La sirena de la gorra. Los corchazos. La sangre sin tregua. Los chupetes caídos. El arar de la Hilux. El tiempo pasa. Las moscas sobre los cuerpos. Las (di)versiones en los medios. Mató la víctima, mató el victimario: mató la yuta. “Por algo será” por la piba. Salieron pidiendo #NiUnaMenos. “Por algo será” por el pibe, salieron agradeciendo #UnoMenos. El minimalismo de la derecha, la simplificación siniestra.

Violanos

Al cadáver de Eva Perón lo ultrajó la misma ortodoxia patriarcal que viola derechos y dignidades de todxs. El ente que pretende tapar el sol de la agonía con una mano punitivista y mediática, a un entramado social que escupe su propia patología. A merced de psicópatas que nos violan, estamos todxs en el mismo Titanic. Quiero escribir y no, porque me acongoja toda violencia que viola, me duele la proscripción a que nos encontramos sometidxs. El entretenimiento es censura. Mientras vacían de presupuesto a los programas de género, mientras la espalda (y el culo) es un blanco perfecto para la represión y la ablación de nuestra cultura, la idiotización de lxs hijxs humanxs, privadxs de educación y de identidad; mientras la grieta pasa desde nuestros agujeros corporales, a las hendijas por donde lxs hacinadxs, lxs presos políticxs, las bocas que cantan tabúes y las que gritan de dolor y hambre son vueltas pornografía en el show del poder, por lo menos, permitámonos sentir náuseas. La lobotomía colectivizada y corporativizada asciende mientras se prohíbe. ¿Qué? Lo de siempre, pararse y pensar. Hay que correr (hacia el fracaso comunitario para ser simple multitud) y nunca re-flexionar. Nunca volver a sí. El magnicidio perfecto, matar al soberano: el Pueblo. Nos están “muriendo” por la espalda, por el culo, la violación es la única eternidad. Sometidxs, sumergidxs, sumisxs. Con Síndrome de Estocolmo, nos sentamos en medio de la batalla a mirar por TV el bombardeo. Lxs votamos, porque somos masoquistas, otra no queda.

Colibrí cohibida

Luna llena sin paciencia. Noche lactante que asoma en abrazo. Una luz al final del túnel, un policía cayendo en suspensión, abandonado en sí, en su lámpara de Aladino, sufre síndrome de Estocolmo. Le convidamos de la que ya no usábamos, esa toalla que nunca se tira, nunca afloja y en estertor centrífugo, seca cada vez más. La vejez a la vieja usanza, la vejez del blues por lo barrial, insospechado.

Gritos turgentes afilados como dagas, de frío exquisito, que ansían carne. Un matadero ahí nomás, colmado, siempre desbordante. Un motor al ras de su sorpresa. La invitación evidente a confesar. Un delito desterrado, hereje con su fe de clavel del aire, sofocado por el brillo de la alameda cansina que reposa en desierto.

La noche ascendiendo y los aullidos del Nirvana resurrecto, decimos adiós a los bellos durmientes de un ferrocarril caprichoso que revienta bombas de sangre en cada laberinto.

Todos tus muertos

Las gaviotas nos esperaban en la terraza. También la motosierra del anfitrión. Entre Frankenstein y un caníbal mediocre, resistíamos con jugos de fruta. Llegó con un pisco o alcohol etílico para saludar. Nos dijo que estábamos muy pálidos, “mucha gente india con cabeza blanca”. Nos bronceamos entre mar y bar. Nos curtimos ante esa tremebunda piedad que nos hacía sentir un poco más agraciados en una usina de pobreza. Fuimos todos los mismos, lo mismo. Presos, nuestro rencor nos vejaba.

Cometíamos incesto, o corríamos contra el tráfico, escabiábamos al sol, pasara lo que pasara, fuera lo fuera: “Próxima Estación, Esperanza”. Los pibes del barrio encallaban en Retiro para hacer petisos por un sachet de leche. “Sólo se trata de (sobre)vivir, ésa es la historia”.

A los siameses les tiraron la Misa Criolla por la zabeca, el reggaetón estaba en ascuas. Sin rescate, se largaron al Triángulo de las Bermudas y salieron con shorts, embarazados ambos. Parieron mellizos. Asqueados de la perpetuidad que suele parecer muerte, se morfaron los pendejos y quedaron indigestos. Algún guacho escapó gateando, rateando, perreando. Cualquier cosa digna, menos la forma humana de moverse cuando nunca hay madurez.

Nerón les dio una mano, pero Ronald McDonald adulteró forros y anticonceptivas. Es que necesitaba niños para ser quien era. ¿Cómo podrías llegar a ser quien llegarías a ser, siendo lo que sos? Trump lo apoyó, Guantánamo se volvió un jardín de infantes: regalaban cubitos congelados del cuerpo de Disney; como si fueran escombros del Muro de Berlín. Siempre inagotables, como las reliquias de la cruz de Cristo.

Empachada de hostias, buscó a todos los enunciados en wiki. Bajaba con la ruedita del mouse como un ratón hastiado de su ruedita-red-antisocial. Bajaba con la intrepidez sesgada, con el instinto dopado, con el raciocinio lobotomizado. Quien la observaba, veía de vez en cuando una sonrisita alienada. La espalda cada vez más encorvada, la meada retenida, la birra durmiendo siesta y lo patético rodando su mejor peli.

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En un plagio de Studio 54 se contagió la lepra de Woody Allen. Sus carnes podridas eran abundantes y alimentaron carroñeros. Con el cuerpo a medias, mediatizado (porque se sacó y rellenó a su manera, a la manera que le hacían creer que era “su” manera) fue a la India a sortear el hambre ajeno. Cuando murió sin fama, revolearon su cadáver al Ganges. El agua mostrenca terminó con toda historieta posmo. Raíces de la música que son un cáncer terminal.

Viejas nimiedades de Hadrones

Los huevos que trae el vago en la pila de maples que yo reventaría y dejaría pudrir, no están tan podridos como ustedes, como nos. Mientras me debatía entre patear una heladera llena de la cerveza con que disfrutaría un coma alcohólico, la vieja vinagre compra un limpiador Poett tamaño bolsillo. Con esa nimiedad va a limpiar un ñoba de dos metros cuadrados. Si me importara donde vive, le pediría el inodoro luego de varios laxantes, para decirle que me confundí y cagué en el bidet. Ah, pero como adquirió cuarenta y cinco gramos de queso de rallar, le puedo pedir un convite de un par de nanogramos, seguro, la tipa tiene el Gran Colisionador de Hadrones en su casa.

La intuición no me falla, me la encontré más tarde, en mi nueva ronda de escabeche, comprando alcohol isopropílico.

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Exageré, como siempre cuando me gana la barriada de la furia. En alcohol era para el viejo. Lo estaban por pirar al loquero. O al geriátrico. El jonca se demoraba indefinidamente, los del moridero quedaron desempleados y no tenían pa’l bondi. El abuelo, ése que hasta ahora, no era un fiambre olvidable porque tenía jubilación, fue por el etílico y el metílico, él solito. “Tengo que limpiar la vitrina que vamos a vender, señora. ¿Me hace un descuento, si es tan amable?”. Agotó todas sus reservas, las económicas, las orgánicas, las afectivas. Pero se hartó de esperanza.

Con el isopropílico limpió las notebooks saturadas de bichos porno de los pendejos. Da igual que fuera hard(core) o software. Las dejó como recién salidas de la barbería. Con el etílico quedó mirando en cuatro. Con el metílico, rajó a la cuarta dimensión.

Y creyó la humanidad que heredaría nuevamente, cuando el Gran Colisionador estalló. Zafaron las cucarachas, Trump y su pareja Kim Jong-Un.

Terrícola no era yo, lo miré con mis binoculares de voyeur. Qué pena no haber podido hacer un brindis con el viejo, rascándome los huevos podridos.

 

 

(Foto: Sergio Larrain).